Estudié para cuidar a personas en su peor momento. Hoy hago lo mismo con sus negocios.
La historia de cómo un enfermero acabó trabajando para IKEA y reordenando negocios — y el motivo de que sienta que sigue siendo el mismo trabajo.
dejé el hospital
ACOMPAÑADOS
CLARA
Desde que tengo uso de razón quise ser enfermero. Solo eso. Nunca tuve un plan B, ni lo busqué.
Me hice enfermero para acompañar a alguien en el peor momento de su vida y ayudarle a salir reforzado.
6 meses. Eso es lo que duró el plan que tenía para toda la vida.
Justo cuando entré a trabajar en el hospital central de mi ciudad, en Almería, apareció el Covid. Lo que me encontré dentro tenía poco que ver con la idea que me había llevado hasta allí. La distancia entre lo que quería hacer y lo que el día a día me pedía se hizo demasiado grande. Así que renuncié.
Y fue el principio de todo.
Misma sala. Misma noticia. Misma hora. Y cada persona reaccionaba de una forma distinta.
Ya me llamaba la atención en el hospital: dos personas con el mismo diagnóstico se iban a casa con conclusiones opuestas. ¿Por qué?
No era una duda que me quitara el sueño. Era una pregunta más. Pero llegó el confinamiento, tenía tiempo de sobra y me dio por hacer un máster sobre comportamiento humano para responderla.
No buscaba una salida profesional. Solo quería entender algo que no entendía.
Al terminar el máster estaba formado en neurociencia y comportamiento humano: entendía cómo actúan las personas ante cada situación y los motivos que las llevan a hacerlo.
Dio la casualidad de que IKEA buscaba un experto en neuromarketing para la apertura de su nueva tienda en Almería. Sin pensarlo mucho me postulé. No tenía ni idea de marketing, pero mi máster era justo lo que buscaban, así que me aceptaron como asesor del equipo de marketing.
Entender cómo decide la gente me había abierto, sin buscarlo, las puertas del marketing y del mundo empresarial. Y resultó que se me daba bien.
Me vendieron que yo sería el que pensaba la estrategia de esas marcas. La realidad era otra: las decisiones y la estrategia las tomaban ellos, y mi trabajo era apañármelas para que salieran bien. Aunque fueran malas.
Era el solucionador, no el pensador.
Y a mí lo que me gusta es pensar y crear, no forzar que funcionen las ideas de otro. Ahí entendí que ese no era mi sitio. Hacer que una empresa que ya gana mucho gane un poco más, sacando adelante planes en los que no creía, no me llenaba.
Tengo un amigo que hace unos de los mejores batidos naturales que he probado en mi vida: cerca de la playa, recetas que no tiene nadie.
Se quejaba constantemente de que, cuanto mejor hacía las cosas, peor le iba. Lo escuché durante meses sin caer en que yo podía ayudarle. Hasta que un día le conté que estaba pensando en dejar las grandes marcas, y me preguntó: «¿Eso que haces para esas empresas me serviría a mí?». Ahí empecé a ver cuál podría ser mi siguiente paso.
Lo que encontré al mirar su negocio lo he encontrado después decenas de veces.
Era un fuera de serie en lo suyo. Recetas imposibles de replicar, ingredientes de primera, hecho todo al momento delante del cliente, una localización perfecta entre turistas y locales. Y no le faltaban clientes; algunos días tenía colas que no daba abasto a atender.
El problema no eran los clientes. Era que no controlaba ninguno.
Un día, colas y la entrega cayéndose. Al siguiente, cero clientes y la nevera llena. Solo reaccionaba a lo que iba viniendo.
Ganaba dinero, sí. Pero se le escapaba igual de rápido: horas extra para tapar agujeros, más gente a la que contratar, proveedores, inventario que se echaba a perder. Puro caos. En los clientes y en todo lo demás.
Le puse procesos y estrategia donde antes solo había improvisación. La oferta, los precios, la forma de captar, lo que pasaba cuando alguien entraba por primera vez.
El mismo producto, las mismas recetas. Pero por fin decidía él, y no el azar.
Hoy, tres años después, tiene más de siete franquicias por toda España. Trabaja las mismas horas que entonces… pero ya no detrás de la barra. Ahora dirige, supervisa y busca dónde abrir la siguiente.
Después de ayudarle y enseñarle a como podría mejorar su negocio, me recomendó a otro amigo suyo. Ese a otro amigo y a otro... Y ahí empezó todo.
Me di cuenta que hacer pasar a alguien de "0 a 1" se me daba mejor que sumarle tres millones a una multinacional. Y no solo se me daba mejor, me importaba más.
Sumarle tres millones a una empresa que factura cien no le cambia la vida a nadie. Sacar a un profesional del agotamiento y devolverle el control de su negocio se la cambia entera y también a su familia.
Y seré honesto, que aquí no engañamos a nadie: también lo elegí porque me resulta más fácil enseñar a emprendedores y empresas a entender como piensan sus clientes y adaptar sus negocios que seguir resolviendo problemas millonarios dentro de multinacionales. Es mi negocio y no me quiero complicar la vida.
Mi nueva misión era exactamente la misma que la del enfermero.
Encontrar a alguien con su negocio en mala situación. Ayudarle a entender qué le pasa de verdad y cómo solucionarlo. Y conseguir que salga reforzado, en la mejor situación posible.
Cambié las urgencias de un hospital por las de un negocio.
Hoy esto es lo que hago a tiempo completo: más de 75 emprendedores y empresas de servicios ya han confiado en mí durante estos años.
De vez en cuando vuelvo a colaborar con grandes marcas, pero como reto personal, solo como consultor externo y por objetivos concretos. Sé que mi sitio está aquí ahora, con la gente que se juega su proyecto de verdad.
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